La Formación del Observador

(Incluido su video en mi Canal Oficial de Youtube en mayo de 2020)

LA FORMACION DEL OBSERVADOR

Recuerdo que para mi formación como observador psicosocial tuve que trabajar en lo que en nuestra disciplina denominamos las cuatro canchas. En aquel entonces estaba yo cursando el tercer año de mis estudios, por lo que:

1) La primera cancha la constituían los compañeros con quienes venía compartiendo el proceso grupal desde mi ingreso a la escuela de Psicología Social. Todos hacíamos observaciones y, en base a ellas, construíamos saber, conocimiento y experiencia.

2) La segunda cancha era el grupo observado que, en mi caso puntual, fueron los alumnos y alumnas que recién comenzaban a estudiar en la institución. La observación nos conducía a la formulación de variadas hipótesis, las que luego considerábamos como la instancia previa tanto a las interpretaciones como a los señalamientos.

3) La tercera era el equipo formado con los otros observadores y la coordinadora, cuya tarea fue recoger todo el material manifestado verbal y preverbalmente en el grupo operativo de aprendizaje observado, con el objetivo de realimentar a la coordinación en un reajuste y readaptación de las técnicas de conducción.

4) Y la cuarta fue la cancha interna, es decir el rol que me tocó recorrer y experimentar todo un año como observador psicosocial silente y no participante. Cabe aquí apuntar que también me constituí en un observador de mi mismo, lo cual implicó en concreto  ser sujeto y objeto al mismo tiempo durante el curso de esta fase del enseñaje.

Veamos a continuación algunos aspectos de ese intenso año de estudios que transité. Una de mis tareas como observador de aquel grupo de primer año consistió en el registro de datos —o crónicas— que permitieron el ulterior planteamiento de hipótesis y conjeturas acerca de la marcha del proceso de interacción entre sus integrantes. Ello implicó el aprendizaje de la lectura de lo implícito, de lo latente.

Siempre la observación la hice desde mi propio esquema de referencia, aunque era esencial procurar silenciar en mi mundo interno el ruido de las propias emociones como así también de mi ideología y singular cosmovisión existencial. Resultó importante no involucrar mi propia vida interna y externa en el vínculo con el grupo observado; rol que fui aprehendiendo con el correr del año y de las múltiples reuniones.

Sabemos desde la teoría que las expectativas previas del observador tienen un lugar destacado en el desarrollo del grupo y sus consecuencias. Cuando uno cumple tal observación lo hace con un monto de expectación que, de algún modo u otro, incide en el proceso grupal. Mis fantasías conscientes y mis fantasmas inconscientes siempre   circularon en relación a la tarea, al grupo y al equipo de coordinación.

Otra función consistió en observar todos y cada uno de los vectores de nuestro cono invertido psicosocial, a saber: afiliación-pertenencia, cooperación, pertinencia, comunicación, aprendizaje y telé. Además, de mirar atenta y detenidamente a los correspondientes montantes de pre-tarea, tarea, proyecto, resistencia a los cambios, miedos básicos universales, roles, contradicciones grupales, creatividad, obstáculos epistemológicos, epistemofílicos y epistemoprácticos, interjuego entre verticalidad y horizontalidad, adaptación activa o pasiva a la realidad, y así siguiendo.

Cada reunión grupal se desplegaba en tres instancias temporales: apertura, desarrollo y cierre. Los emergentes de apertura eran cuidadosamente registrados por mí y por mis compañeros de observación, ya que era habitual que ese rico material fuese re trabajado durante la sesión y después podíamos advertir cómo reaparecía ya colectivamente modificado y enriquecido en el momento del cierre.

Observar siempre fue una cuestión dinámica y no estática. Los observables estaban en permanente cambio, por lo que nosotros —los observadores— también lo estábamos. Acompañábamos ese movimiento con el cuerpo, con la mirada, con la empatía, con el alma, con todo nuestro ser. Aunque esencialmente lo que había que observar era si el grupo estaba o no en tarea; lo demás podía llegar a ser mero potingue y maquillaje.

Por medio de un proceso de constante reflexión, tuve que estar dispuesto a asumir el  dificultoso trabajo de reeducar mi mirada para hacerla cada vez más crítica. No apresurarme a sacar conclusiones demasiado rápidas y sin fundamentación suficiente. La interpretación de los datos relevantes se hacía a partir de un esquema conceptual, referencial y operativo (ECRO), y era potencializada en vista a una planificación táctica, técnica, estratégica y logística.

En las reuniones del equipo de coordinación compartíamos la lectura y el análisis de las crónicas, procurando ajustar estrategias en relación al grupo observado. Pese a que ese grupo era uno solo, los observadores no teníamos similares experiencias visuales ni emocionales, pues si bien veíamos lo mismo lo interpretábamos de modo diferente. Es sabido que cada uno miraba desde su propia y singular perspectiva.

El sujeto sólo dispone de versiones. Cada uno observa desde su propia subjetividad. Nuestras observaciones contenían la pluralidad de lo  que veíamos, porque cada uno miraba y veía algo distinto. Cuando el equipo se juntaba surgían convergencias y divergencias en los observables. Y ese aprendizaje resultó ser de una riqueza vital.

Para concluir, digamos que observar era dejarme incomodar. Hay que aprender para llegar a ser un buen observador y siempre se pueden incorporar nuevas formas de ver, de mirar, de observar. Y también nuevos modos de pensar, de sentir y de hacer con lo que psicosocialmente observamos.

 
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