Al Troesma con Cariño

(Publicado en la edición especial de Apuntes Grupales - Nº 19 de junio de 2020 y en el libro Los Puentes que Construyó Enrique Pichon-Rivière en la Argentina y Latinoamérica)

(Incluido su video en mi Canal Oficial de YouTube)

AL TROESMA CON CARIÑO

Este mes se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de Enrique Pichon-Rivière y la revista “Apuntes Grupales” me ha invitado a participar de su número especial de junio, homenajeándolo y subrayando la trascendencia tanto en Argentina como en América Latina del creador de nuestra Psicología Social. Desde ya agradezco esta nueva posibilidad de escribir unas breves líneas y sumarme a quienes lo recordamos desde el alma. Quisiera intentar armar un collage —ya que el maestro era afecto a tal modo de expresión artística— usando palabras de otros, palabras tanto emanadas de los discípulos que lo conocieron personalmente, como de aquellos que simplemente son seguidores de su obra y de su pensamiento. ¿Cómo era el fundador de la Psicología Social Argentina? ¿Qué/quién dicen que era?

Dicen que era un bohemio, un hombre de la noche con mucha calle y mucha vida. Nada de lo humano le fue extraño. Un noctámbulo transgresor argentino-criollo, un arrabalero que no olvidó su condición de ginebrino de lengua francesa. Le gustaba curiosear los personajes de la noche. Creía que durante el día las personas tenían sus vidas harto planificadas, mientras que en la noche la soledad y el ocio se convertían en una desesperada búsqueda de acompañamiento, de contacto, de comunicación. Quizá por eso mismo fue un solitario armador de compañía, un faro inventando el mar. Un creador de oportunidades para que las palabras y los deseos circulen. Era él un lugar de encuentro con los otros, como así también una incesante invitación a la creatividad en todos los ámbitos de la vida.

Otros lo recuerdan como un baqueano en el mundo, un avezado experto en sortear las corrientes adversas a la marcha del navío. Con Heráclito había perfectamente aprendido —y aprehendido— la dialéctica que proviene del arte del timonel. Su pensamiento vivo sigue siendo emancipatorio, pues colectiviza, concientiza, conecta, apunta a la liberación de las condiciones concretas y cotidianas de la realidad humana. Le importaba destacar más la raíz que el origen de las cosas. Y sabía que toda teoría se prueba en la práctica. Su tiempo fue de luchas y proyectos, tiempo de realizaciones y de producción de ciudadanía. Los aportes del maestro señalaron la importancia de realizar una crítica de la vida cotidiana, esquivando las tentaciones de la repetición y los dogmas, de la estereotipia y la clausura.

¿Sería Pichon-Rivière incluso un visionario, un caraibé de esta época moderna? Tenues voces murmuran que parecía un médico del alma, una especie de sadhu todopoderoso y afable cuando se lo abordaba. Su respuesta estaba siempre bien dispuesta, pues lo cierto es que poseía una extraordinaria capacidad de lectura de lo latente a partir de mínimos indicios, además de un insólito talento para metaforizar. Conjugaba, jugaba con, extraía el jugo para crear, para inventar (in-venire), para producir herramientas específicas de la práctica psicosocial. Supo desde un inicio que nada se construye en soledad. Tuvo la humildad de los grandes y la generosidad de aquellos que tienen mucho para dar. Quienes lo frecuentaron saben que su variada —y desordenada— biblioteca no era ni avara ni rencorosa.

Se comenta que era un profesional barrero, que seducía pero no adulaba. No sólo  jugaba cuando la cancha estaba en condiciones, sino que su cualidad era adentrarse en todos los potreros de la vida, en cualquier estado en que se encontrasen. Nunca rehuía la escena de la diversión y siempre asombraba su prepotencia de trabajo. Ya en su Goya adolescente descubrió casi al mismo tiempo la sexualidad —del prostíbulo y del psicoanálisis— y las ideas socialistas. Su talento como hombre de ciencias se mezcló con su temprana sensibilidad de poeta. Conviviendo en pensiones con la bohemia y la política, recorrió el espinel del alma humana primero como psiquiatra, luego como psicoanalista y finalmente como psicólogo social. Su legado es: un espíritu, una práctica y una ética.

También fue un cultor de la dramaturgia: solía montar escenas con claro beneficio para quienes fueron testigos de sus puestas clínicas y también de sus magistrales clases, siempre teñidas de abundante lenguaje popular lunfardo. Sostenía que el discurso académico era interesante pero deformaba, no formaba. El profesor y doctor Enrique Pichon-Rivière educaba tanto en las aulas como en los boliches, en las cervecerías, comiendo una pizza y bebiendo un vino. El maestro llamaba a eso el club del estaño. Como buen iconoclasta, rechazaba la autoridad acrítica de normas, valores y modelos. La tensión atravesó toda su existencia. Sus enseñanzas, reiteradas, multiplicadas, profundizadas, continúan hablando hoy en sus discípulos y en los discípulos de sus discípulos. Sigue siendo nuestro querido troesma.

Sostienen muchos que parecía un maestro Zen, pues nunca contestaba de modo directo las preguntas que se le formulaban, sino que lo hacía en forma de clave. Obligaba a su interlocutor a conquistar la información. Su permanente búsqueda fue saber acerca del hombre y de su tristeza. Con sus enseñanzas, él nos ha enriquecido,  enriqueciéndonos, enrique-siendo-nos. Es decir, siendo-ENRIQUE junto a todos nosotros. Su norte siempre fue planificar la esperanza, preparando operadores psicosociales como agentes del cambio. Iba en pos de procesos creativos potenciados por y en los grupos, de manera direccional y significativa, operativa e instrumental. Su ya famoso enseñaje era parido siempre en co-presencia, operando el profesional de la psicología social como un co-pensor.

Seguir a Pichon-Rivière implica, hoy como ayer, romper los modelos estereotipados, dar plasticidad a los nuevos marcos conceptuales, avanzar en la práctica de una epistemología convergente, terminar con la ingenuidad de la mirada. Todo un desafío en pos de construir puentes desde esta ciencia sin perder la sensibilidad del artesano. La relevancia de su obra se ha extendido a lo largo y ancho no sólo de nuestro país sino también de latinoamérica toda. Se lo considera un facilitador para la creación de espacios de discusión y reflexión donde, desde la multiplicación de ópticas, muchos de sus discípulos logramos sostener ejes comunes que esperamos permitan a futuro un más sólido desarrollo de nuestra querida Psicología Social, nada menos que a casi setenta años de su vigencia en nuestro territorio.

 
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