Seguir Pensando a Pichon

(Publicado en Psicología Social para Todos: tierra y escritura del hacer, sentir y pensar - Año 7 Nro. 73 de mayo de 2015 y en A.P.S.R.A. - Contenidos Teóricos con fecha 10/6/2015)

SEGUIR PENSANDO A PICHON

Aprender a dudar es aprender a pensar. Octavio Paz.

Hace casi veinte años Graciela Jasiner y Mario Woronowski daban a luz su libro Para Pensar a Pichon, de Lugar Editorial. Allí señalan que la psicología social es uno de los modos que asume la crítica de la vida cotidiana, de nuestras condiciones concretas de existencia. Lo cotidiano (del latín, quotidie) es lo de todos los días, lo ordinario en tanto previsible. Pero, ¿cuál es el propósito de hacer una elucidación crítica de nuestras vidas diarias? Cornelius Castoriadis dirá que se trata de pensar lo que hacemos y saber lo que pensamos. Trabajar y trabajar-nos, poniéndolo todo en cuestión.

Hoy día vemos que existe una inmensa demanda sobre muchos aspectos de la vida  cotidiana y notamos que hay —cada vez más— una naturalización acrítica de lo que a diario se vive. La posmodernidad tan líquida, tan fluida y tan veloz ayuda a que ello suceda con mayor frecuencia. De tal forma que se precisa tiempo y coraje para pasar a ser soldados desnaturalizadores de dicho supuesto saber que aún sigue enquistado. No sólo retomar un meditar desviante sino incluso una praxis instituyente. Para poder así  develar y desmitificar lo oculto; y lograr después mudarlo en algo muy superior.

Para ello es esencial partir del aforismo griego inscripto en el pronaos del templo de Apolo en Delfos y que reza: conócete a ti mismo. Así, averiguar cuáles son los criterios de verdad que nos habitan y luchar contra nuestras propias ideas estancas. Aprender a pensar es dejar de aceptar sin críticas las normas y los valores dados e impuestos, tan propio de lo que conocemos como adaptación pasiva a la realidad. Es también dar cauce a lo creativo, convirtiendo lo siniestro en maravilloso. Según Juan C. De Brasi los hechos han sido hechos; pues entonces, nuevos hechos pueden producirse.

El cuerpo social que nos habita se viene preguntando sobre lo cotidiano desde hace mucho tiempo. Sabemos que nuestras condiciones de vida son un destino y pensamos, con Pierre-Félix Bourdieu, que quien nomina erige clases. No es nada fácil salirse de un discurso en el que casi todo ya está decidido de antemano de modo implícito y oculto. El camino es  ampliar la mirada, estar alertas a tantos juicios estereotipados y así lograr una mayor atención a la multiplicidad de enfoques. Imaginar un otro posible; ser cada vez menos víctimas y más artífices de nuestros propios destinos e historias.

El padre de la Psicología Social Argentina creía que los profesionales tienen un papel relevante en la construcción de una sociedad más justa. Enrique Pichon-Rivière fue un firme y persistente impugnador de lo dado, apostando a la consigna de evolucionar en dirección a una adaptación activa a la realidad. De manera tal que su norte fue el estar alertas a los efectos narcotizantes de las certezas y cuestionar siempre los lugares de poder. Para así operar en primer término sobre cada uno de nosotros, luego en lo subjetivo social y por fin lograr erigirnos en verdaderos agentes del cambio.

Michel Foucault alude a otro aspecto que nos parece vital: la ética del cuidado de uno mismo como práctica de la libertad. Él nos habla de criticar lo instituido, de salir de los estados de dominación que nos tienen atrapados y de hacer saltar los propios cerrojos represivos, para así ir reconciliándonos con nosotros mismos. Sería genealogizar a los fines de recuperar los discursos menores, locales, más cotidianos y marginales. A la vez que violentar cualquier teoría —y en principio la propia— para cambiarla y construir otra de un modo desde ya provisorio. Pues, al modo de una praxis dialéctica.

El cuidado de sí incluye también el de los otros, el de quienes hacen a nuestro entorno. Y bien entendemos los psicólogos sociales que eso sucede en el devenir de los grupos operativos, en los que vamos perdiendo poco a poco la mirada inocente de la realidad. La tarea es deconstructiva, como una forma de cuestionar los relatos totalitarios y el discurso de las verdades, que tanto nos cuestan desarmar. Deconstruir, para Jacques Derrida, es desestructurar, es descomponer y es dislocar las estructuras rígidas. Co-pensar cada cual con uno mismo y con los demás: ese saber nos da poder.

Tanto el conocernos como el ocuparnos de nosotros son dos piezas claves a los fines de nuestra formación; incluso para superarnos en lo personal y en lo colectivo. Tal proceder va a incidir de manera directa en los demás, toda vez que permite mejorar nuestros vínculos interindividuales. Nos referimos a esta libertad mediante el dominio de cada cual para así tornarla en un problema ético. Al decir de Jean-Paul Sartre, no somos simples terrones de arcilla, toda vez que lo importante no es lo que han hecho de nosotros sino lo que hacemos de lo que han hecho de nosotros.

Somos el portavoz de un grupo social. Cada uno de nosotros porta-la-voz de lo que pugna por ser dicho, por lo que es relevante vernos y sentirnos como un espacio de resistencia. Que nuestra labor sea en sí misma un acto creador en tanto construcción y búsqueda de nuevas unidades. Por ende, que el propósito de seguir pensando a Pichon sea para continuar pensándonos a nosotros mismos. Todos los días. Cada día. Día tras día. Nosotros mismos nos hacemos y, parafraseando a James Joyce, somos nuestra propia obra. Pues, que la tarea y el proyecto se junten en ese recorrido.