Acerca de Niños y Jóvenes que Matan

(Publicado en la sección “Psicoanálisis y Ley” del portal  ElSigma.com con fecha 14/6/2010)

ACERCA DE NIÑOS Y JOVENES QUE MATAN

El Instituto de Investigaciones en Psicoanálisis de la Universidad Argentina John F. Kennedy ha propuesto, para el ciclo lectivo 2010, el desarrollo de varios seminarios abiertos a la comunidad, cuya línea investigativa articula temas de Derecho, Ciencias Sociales y Psicoanálisis. Es así que actualmente me encuentro participando en el Seminario de Investigación sobre Delito y menor. El niño homicida, una mirada psicoanalítica, llevado a cabo conjuntamente con la Maestría en Psicoanálisis de la Universidad de Antioquia y el Departamento de Derecho de la Universidad de Envigado (Colombia), bajo la dirección de la Dra. Amelia Haydée  Imbriano. A continuación intentaré abordar algunas de las ideas trabajadas en dicho espacio, agradeciendo desde ya a todo el equipo de colaboradores (*) de este proyecto, cuyo fin es el de amplificar y profundizar los estudios interdisciplinarios sobre la base del estatuto de la responsabilidad, tanto  del sujeto como de la comunidad toda.

Ante la contundencia de los datos estadísticos que revelan la frecuencia de actos homicidas cometidos por niños y jóvenes, nos preguntamos cómo es posible que un menor de edad llegue al extremo de matar a un semejante. Un informe revelador al respecto lo da la Oficina Sanitaria Panamericana (órgano dependiente de la O.E.A.) al decir que, en las Américas, la segunda causa de muerte de adolescentes y niños  varones es el homicidio. Si a ello le sumamos el constante incremento de la circulación de armas de fuego —las que hoy podrían ser calificadas como de “destrucción masiva”— junto a la pobreza, la exclusión, los malos tratos y las carencias afectivas de nuestros pibes, tenemos entonces unos cuantos ingredientes que nos habilitan a adentrarnos en este trágico aspecto de la realidad. Tal vez uno de los pocos caminos que les queda abierto a estos niños violentos, privados del amor a que tienen derecho, sea la destrucción de un orden social del que ellos son víctimas.

Veamos algunos aspectos a tener en cuenta, sea desde el punto de vista del Psicoanálisis o desde la óptica del Derecho. Sabemos que no se puede investigar el destino de nuestros niños y jóvenes por fuera de la comunidad en la cual están insertos, pues unos y otra son partes solidarias de una misma estructura. Así, la ley del “no matar” inscribe al sujeto en la cultura, por lo que ante su transgresión cabe sostener alguna interrogación acerca del sujeto y el Otro. Y si de tal transgresión hablamos, resulta por demás significativo que de las investigaciones arriba señaladas surge que, en el año 2004 y sólo en la ciudad de Buenos Aires, contabilizamos unos mil doscientos casos de actos homicidas cometidos por menores (informe del Foro Intersectorial Permanente de la Niñez, Adolescencia y Familia ). Esos guarismos han seguido incrementándose y cabe apuntar, además, que las encuestas suelen demostrar que por cada hecho delictivo denunciado ocurren otros tres que no se denuncian.

Al año siguiente, en el mes de octubre de 2005 y después de largos tiempos de debates, fue dictada la Ley  26.061 de Protección Integral de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, considerándolos como verdaderos sujetos activos y plenos de derechos en vez de simples objetos de intervención. Esta nueva conceptualización se conoce como el pasaje de la doctrina de la situación irregular a la doctrina de la protección integral. Señalemos que esta  legislación procura el fortalecimiento de la familia, la gestión asociada de los órganos de gobierno con la sociedad civil, la promoción de redes intersectoriales y la activa participación de las organizaciones no gubernamentales. Pues, si la nuestra tiende a ser una cultura colmada de Otros vacíos, al menos desde esta normativa se dispone que la responsabilidad ante los niños y jóvenes no solamente sea de la familia sino también del Estado nacional, provincial y municipal, promoviendo además la activa participación de la comunidad toda.

Si la familia es el ámbito primario de constitución de subjetividad, en donde se generan las matrices de aprendizaje más estructurantes ligadas a la génesis del sujeto, nos preguntamos qué lugar tienen estos pibes que matan en nuestra sociedad posmoderna, caracterizada por un fuerte predominio de los fenómenos de apatía, perplejidad y desarraigo. Cada vez más vemos chicos de y en la calle, sin escolaridad e inmersos bajo los efectos de la violencia cotidiana que forma parte del paisaje urbano. Esos niños no hablan de sus sufrimientos, pues suelen encontrarse en situación de colapso, derrumbe o quebrantamiento psíquico. Nuestra cultura sigue produciendo seres libres de toda atadura simbólica, en la cual ya no hay padre, la madre no deja de ser una rareza y el maestro rehúye al cumplimiento de su función docente. Otro tanto puede decirse de las autoridades llamadas a conducir los destinos de todos y, a la vez, responsables de llevar a cabo las políticas públicas en la materia.

Ante el aumento de los actos homicidas cometidos por menores, la población ha ido elaborando un sentimiento de impunidad y de desconfianza.  Si bien puede pensarse en el robo como un atractor para estos pibes que delinquen, muchas veces ellos se retiran de la escena del crimen sin robar nada. Es más, al advertir que existe en el lugar alguna cámara que los está filmando, en vez de ocultarse suelen dirigirse a la misma realizando gestos desafiantes y obscenos. De sus conductas se advierte frialdad e insensibilidad, ausencia de miedo y dureza emocional. Pareciera que experimentan el placer de transgredir la norma del no matar que inscribe a todo individuo en la cultura.  Los informes sociales reflejan que la violencia es algo frecuente en los hogares de estos chicos, en los cuales rige la ley del “bulling” según la cual los hermanos mayores tiranizan a los menores. Un pibe así maltratado puede llegar a ser un futuro maltratador si queda atrapado en esas redes del sufrimiento y del dolor.

El equipo que participa del seminario de investigación se formula los siguientes interrogantes: ¿qué objeto quieren cuando roban?, ¿qué los hace matar a estos chicos violentos? Dan tres posibles variables en la causación de esos ilícitos, a saber: a) la resolución de tensiones por rivalidad con el semejante; b) una llamada al orden público, procurando ser nombrados y reprendidos ante la carencia de toda autoridad en sus vidas; y c) la resolución del malestar del “kakón”, cometiendo un acto homicida para lograr evadirse así del tedio y de la falta de sentido existencial.  La palabra griega kakón, de género neutro,  significa “lo malo”, siendo utilizada para designar el malestar de la vida, el tedio y la ausencia de sentido. Pues, aquí la propuesta es utilizar dicha expresión para denominar a todo mal que pueda presentarse bajo la figura de síntomas depresivos consecuentes de la tendencia a la inercia de la pulsión de muerte, en jóvenes  abandonados por Otro y que tienden a ocupar su lugar.

En tiempos en que varios sectores de la sociedad discuten sobre la necesidad de bajar la edad de inimputabilidad de los jóvenes, la Ley 22.803 dice que no es punible el menor que no haya cumplido dieciséis años de edad. Si existiere alguna imputación en su contra, la autoridad judicial debe proceder a la comprobación del delito, tomando conocimiento directo del menor, de sus padres, tutores o guardadores. Como así también, el juez ordenará los informes y peritaciones conducentes al estudio de su personalidad y de las condiciones familiares y ambientales en que se encuentre. En procura de la protección integral del niño o del adolescente, se puede disponer su alojamiento en una institución de modo tal de lograr su rehabilitación y que puedan regresar a la comunidad de la forma más constructiva posible. Es aquí esencial la tarea coordinada  —caso por caso—  entre los campos profesionales de la salud mental y de la justicia, integrando equipos de trabajo multidisciplinarios.

No podemos soslayar que la adolescencia (ad-dolescere, dolere) es el tiempo de mayor fragilidad subjetiva puesto que el joven está transformándose, está dejando de ser un chico para atravesar duelos constantes referidos a la pérdida de su cuerpo infantil y a la declinación de los padres ideales. La estructuración del niño es efecto no sólo de herencias filogenéticas, sino también de acontecimientos ontogenéticos y de las respuestas consecuentes optadas por ese hablante ser en formación. Sostenemos, entonces, que sin paternidad estatal ni fraternidad institucional, prospera la desolación de nuestros pibes y el sufrimiento no deja de insistir. Si no hay posibilidad de simbolización, no hay humanidad. Cuando el Otro falta, los jóvenes quedan abandonados. Las leyes no surgen sólo porque las cosas estén mal, sino por acción, presión y difusión. De allí que la responsabilidad sea de todos: tanto de la familia como de la escuela, de las organizaciones intermedias y de la sociedad en general.

Hoy vivimos en un sistema social en donde muchas veces se transforma lo ilegítimo en legítimo, con alta velocidad de cambio, donde las  tradiciones fallecen, los puntos de referencia se pierden en el vértigo de las transformaciones y hasta se industrializa la muerte. Pues, la “caja boba” hace muy bien este trabajo. En muchos sectores de la población domina la reiteración, el estancamiento y la estereotipia. De allí que aplicar simples intervenciones generalizantes no hace más que provocar el acallamiento de los sujetos en juego: en el caso que aquí nos convoca, nada menos que de quienes son el futuro. Frente a la trágica realidad de niños y jóvenes que matan, nuestra propuesta es escuchar al sujeto, uno a uno, con su historia y su modo singular de enlace a ella. Concluimos que, desde el Psicoanálisis y el Derecho, el sendero no puede ser otro que el de acompañar a los chicos en un intento de no tomarlos como objetos y con una firme búsqueda de hallar un lugar para ellos.

(*) Equipo de investigación  integrado por  Paula Winkler, María Graciela Aguirre, Javier Cures Sastre, María Amelia Grecco y Agostina Ilari Bonfico.