Psicología Social y Educación

(Publicado en Psicología Social para Todos: tierra y escritura del hacer, sentir y pensar – Año 1 Nro. 6 de abril de 2009; en La Silla del Coordinador con fecha 8/5/2013 y en 1968 Grupalista: Biblioteca de Psicología Social Pichoniana con fecha 20/4/2015)

PSICOLOGIA SOCIAL Y EDUCACION

La educación tiene una importancia esencial y primaria en la creación de una cultura nueva: los cambios fundamentales suelen ocurrir cuando, a la vez que nos capacitamos en diversas prácticas y disciplinas, también lo hacemos para estar despiertos a los procesos de nuestro propio pensar, sentir y hacer. La raíz de la palabra educación es e-ducere, literalmente conducir hacia adelante o extraer algo que está potencialmente presente; emerger del estado de potencialidad para ser realidad manifiesta. Creemos, entonces, que en lugar de hablar de educare (ya que educat es un imperativo) es mejor emplear el vocablo educere, más ligado este último a la idea de tender una mano, sacar de allí o conducir fuera de allí. Podríamos agregar que una educación verdadera es aquella que no cesa de someterse a la innovación, a la transformación.

En lo referente a la educación, digamos que el enseñar y el aprender forman una estructura funcional, por lo que considerados esencialmente así pueden organizarse y lograr un carácter operativo. Los psicólogos sociales usamos el término enseñaje, formado por la unión de las palabras enseñanza y aprendizaje; representando así una unión de contrarios cuyo objetivo no es otro que el intentar resolver situaciones dilemáticas concretas. Enseñanza y aprendizaje (enseñaje) constituyen pasos dialécticos inseparables; y la vida cotidiana misma es un proceso constante de educación en tal sentido, donde cada uno es el que enseña y cada uno es el enseñado. Todo el proceso es una sola cosa. Educarse es sobre todo aprender a leer la realidad circundante y a escribir cada uno su propia historia, tanto individual como social.

Para la Psicología Social, el enseñaje opera dentro de un mismo marco en nuestra tarea. El proceso dialéctico de este modo de aprendizaje es siempre acumulativo o de sumación, pues al interrelacionarse y apoyarse los conocimientos de unos individuos con los de los otros se produce una multiplicación de las experiencias de notable riqueza. Se aprende con concientización, con reciprocidad de conciencias. Al objetivar su mundo, cada sujeto se reencuentra con él, reencontrándose en esa interacción heterogénea “con” los otros y “en” los otros. Nuestra idea de tal concepto de lo educativo tiene como norte toda una dimensión humana del aprendizaje como práctica de la libertad. Dicha praxis permite plantearnos un proceso caracterizado por el aprender a aprender, aprendiendo a la vez a pensar y también a actuar.

Tal conceptualización es de carácter netamente instrumental y se apoya en una teoría del pensamiento y del conocimiento que opera en todo contexto social. Ese enseñaje se diferencia de cualquier tipo de manipulación, ya que es identificable con la ayuda brindada al individuo para que despliegue sus propias potencialidades. La manipulación, en cambio, se basa en la ausencia de fe en el crecimiento de esas capacidades, como también en la convicción de que el sujeto sólo será correcto si se le inculca lo que es conveniente. Es la denominada concepción bancaria de la educación, en la cual el único margen de acción que se ofrece a los individuos es el de recibir ciertos contenidos -o depósitos- para así guardarlos, archivarlos. Una vez archivados, las personas no pueden “ser” en sí mismos, pues no existe creatividad alguna.

Las relaciones educador-educando dominantes en la cultura actual son de naturaleza fundamentalmente narrativa, discursiva y disertante. La tarea del educador resulta algo así como la de llenar a los educandos con los contenidos de su discurso. Y en esa narración, la palabra queda vacía y se convierte en un decir ausente, en un mero verbalismo alienado y alienante. De allí proviene la idea de concepción bancaria, ya que las disertaciones convierten a los sujetos en meros recipientes o vasijas que deben ser llenados de un modo completamente ajeno a la experiencia existencial de cada persona. Tales contenidos se petrifican y se vuelven algo inerme, por lo que incluso podríamos literalmente hablar de un concepto digestivo del saber, en un tratamiento que solamente engorda e inhibe, pues, todo poder de acción y de invención.

Muy por el contrario, en nuestra Psicología Social proponemos la no aceptación acrítica e indiscriminada de normas y valores que sean impuestas desde el mundo exterior. Cuando se procede de tal modo, decimos que se trata de una adaptación pasiva a la realidad. Es esencial aprender a no aceptar nunca nada que no hayamos experimentado por nosotros mismos, a no repetir mecánicamente lo que otro haya dicho o hecho. Cuando nos atrincheramos en cualquier dogma perdemos flexibilidad, por lo que entendemos que todo conformismo limita el aprendizaje. Para el operador psicosocial, la verdadera educación se relaciona con el cambio del hombre interior: es imposible pensar, sentir y hacer libremente si ya tenemos un prejuzgamiento, una posición rígida, si la mente ya llegó a una conclusión única e irreversible.

Creemos que las intervenciones y los señalamientos psicosociales no podrán formalizarse adecuadamente si tan sólo disponemos de inferencias inductivas y deductivas. La deducción siempre nos es útil en tanto proceso discursivo descendente que pasa de lo general a lo particular; como así también la inducción, pues parte de enunciados de fenómenos particulares a leyes o principios generales que los abarcan y contienen. En nuestra profesión contamos, además, con otra herramienta lógica, cual es la abducción, la que nos permite tender un puente entre lo simbólico y lo real. En la abducción o retroducción, la premisa mayor es evidente y la menor es menos evidente o sólo probable. La percepción abductiva viene a nosotros como un acto de insight, iluminando de repente una nueva sugerencia ante nuestra contemplación.

También en lo educativo de nuestro enseñaje, la abducción conforma el primer paso del razonamiento científico, permitiéndonos construir una hipótesis explicativa novedosa. Si bien es una operación simplemente preparatoria, señalemos además que no es otra cosa que intentar adivinar, pero no de cualquier forma. Aquí cabe agregar que para comprobar su veracidad deberemos articularla con los ya aludidos procedimientos inductivos y deductivos. Tal proceder constituye una muy buena manera de captar lo real en las redes de lo simbólico. Todas estas conceptualizaciones se integran en nuestras cajas de herramientas para la acción, en la aprendienseñanza del pensar, sentir y hacer psicosocial. Nuestra disciplina, como un otro modo del saber, busca una transformación que produzca en el sujeto su acceso a la verdad.

Sujeto y verdad son otros dos pilares fundamentales. En el conócete a ti mismo hay un reconstituir una ética de sí; la relación de uno consigo mismo es también practicar el culto del ser. Apoyamos un cambio en el individuo que elige por sí atenerse a su veridicción. El stultus es aquel que no cuida de él mismo, y entendemos que la salida de la estulticia exige remitirse a un otro, a los demás. Así, juntos en lo grupal, cada individuo recrea críticamente su mundo, siendo tal aprendizaje un verdadero proceso de apropiación instrumental de la realidad para modificarla (arte del timonel). Se trata de aprender y de aprehender, dos conceptos que comparten la etimología si bien son parónimos. Aprender, en el sentido de incorporar conocimientos; y aprehender, en tanto capturar, apresar la esencia de las cosas en todos sus aspectos.

Decimos Psicología Social y educación para entonces arribar a un humanismo pedagógico, expresado en el proceso histórico en que la persona termina por reconocerse. Los verdaderos humanistas avalan una concepción problematizadora del aprender y enseñar, donde nadie educa a nadie pues los hombres se educan en comunión mediatizados por el mundo externo. Problematizando lo dilemático podemos analizar nuestro aquí y ahora, que constituye la situación en que cada uno se encuentra ora inmerso, ora emerso, ora inserto. En la dialogicidad de la educación nos sorprenden dos dimensiones: acción y reflexión. No hay palabra plena que no sea una unión inquebrantable entre acción y reflexión y, en consecuencia, que no sea praxis. El diálogo constituye una pluralidad de voces, con sus consensos y sus naturales disensos.

Para finalizar, lo educativo dialógico incluye la esperanza, que está en la raíz de la inconclusión de todo ser humano. Junto a la idea de educar incluimos la de educir, entendida ésta como deducir, sacar una cosa de otra. Es fundamental escuchar la insistencia del sujeto por hacerse oír, al cual no debemos nunca desalentar sino acompañarlo en el encuentro con sus saberes, de acuerdo a sus propias inquietudes, intereses y necesidades. En este tiempo en que nuestra civilización ya no cree en los grandes ideales, esta descreencia nos exige proponer nuevos modos de apropiación de la realidad: una adaptación activa que nos permita transformarla y a la vez transformarnos. Tener en cuenta a cada hombre en situación interactuando con los otros, pues de allí surgirá nada menos que esa pedagogía de la problematización que propiciamos.