Psicología Social: la Palabra en los Grupos

(Publicado en Campo Grupal – Año 10 Nro. 101 de junio de 2008; en Psicología Social... Emergentes con fecha 10/6/2008; en La Silla del Coordinador con fecha 25/1/2013; en 1968 Grupalista: Biblioteca de Psicología Social Pichoniana con fecha 29/11/2014 y en A.P.S.R.A. - Contenidos Teóricos con fecha 31/3/2016)

PSICOLOGIA SOCIAL: LA PALABRA EN LOS GRUPOS

No somos hombres y no nos tenemos los unos a los otros sino por la palabra (Montaigne)

Enrique Pichon-Rivière, el padre de la Psicología Social Argentina, expresó alguna vez que ya desde la infancia su pretensión era saber qué hay detrás de lo dicho. Tempranamente había advertido que las palabras, en-lo-que-se dice, en-lo-que-se escucha, avanzan a través de una espesa selva entre lo manifiesto y lo latente, entre lo explícito y lo implícito, entre lo consciente y lo inconsciente. Así, en toda intervención psicosocial, cortando el sentido, las palabras se abren a la polisemia con nuevos significados para un mismo significante. Ello debido a la multivocidad de los vocablos; originando los intercambios de discursos co(n)fusiones inevitables. Toda experiencia no es solamente lo vivido, sino la reflexión y el sentir que de eso vivido nos hace letra.

Todo es una cuestión de nombres y sin nombres nuestro existir sería la extrañeza perpetua. Adviértase que antes de nacer ya somos nombrados. El cachorro humano resulta comprometido con las palabras del Otro, que lo fundan en su singularidad. Nuestro estilo, cada estilo propio, es justamente ese efecto primero y, de allí, nada menos que la enorme influencia que ejerce en la constitución de nuestro cuerpo -y de nuestra psiquis- la primera mujer en la vida de cada ser hablante: su madre. La lengua se llama materna porque nos llega desde ese otro primordial. Su escucha nos trae la noción de ritmo, de trama; es una organización del movimiento de la palabra en el lenguaje. Pues, entonces, hablaremos aquí del sujeto del inconsciente, ese que deja hablar al hablante-ser o parlêtre.

Ningún individuo puede ser entendido solamente en términos de sí mismo, como ser aislado. Cada ser humano se define como el anudamiento particular de una compleja trama de vínculos y circunstancias en las que se halla inmerso, y que constituye el campo ineludible de sus desafíos y de sus decisiones. La pertinencia de nuestra disciplina -la Psicología Social- se encuentra precisamente en ocuparse de los sujetos interrelacionados, entre otros aspectos, a través del lenguaje y la palabra. Nunca hay hechos ni palabras aisladas, sino que siempre forman parte de un conjunto de relaciones constituyentes. Esos modos de uso del discurso son los que en cada familia, en cada ser hablante y en cada grupo de personas podemos denominar con el término: lalengua.

Sabemos que el lenguaje es una adquisición relativamente reciente en el desarrollo de nuestra especie y que nos ha diferenciado del resto de los habitantes del mundo animal. Comenzó con la comunicación simbólica, superando el intercambio de signos. Hoy la palabra es productora de vínculos y saberes que nos ayudan algo -no todo- a entender quiénes somos. Y es desde estas bases que nos instalamos en el mundo exterior e interior (grupo externo y grupo interno, según nuestra específica terminología psicosocial). Aunque digamos además que, en el uso de esas palabras que nos habitan, somos decididamente contradictorios, antinómicos, paradojales, dicotómicos, ambiguos, ambivalentes… y que, aceptarnos y reconocernos así, en principio no es poca cosa.

¿Cómo transitan las palabras en los grupos? En los grupos donde operan los Psicólogos Sociales las palabras van y vienen, casi como sabiendo que la acción humana por excelencia es precisamente la palabra. La comunicación -verbal y preverbal- aparece llena de malentendidos y de malentendientes. Surge esa misteriosa síntesis entre la guerra y la fiesta: un enfrentamiento de fuerzas donde una parte pugna por la ruptura de los estereotipos, por dar cabida a nuevos discursos instituyentes como también a cambios, aperturas, multiplicidades. Y otra parte, procura inclinar la balanza hacia la resistencia al cambio, hacia la repetición y el estancamiento de los modos del pensar, del sentir y del hacer. Guerra simbólica y guerra lúdica que acompaña a todo proceso grupal.

Pues, entonces, en el intercambio grupal nos encontraremos con múltiples modos de expresión: vgr. los del líder, los del portavoz, los del saboteador, los del chivo expiatorio y, por qué no, incluso los del silente (ya que hasta en el silencio habla la palabra negada). En dicho dispositivo se podrá, entonces, jugar con las palabras. Leer lo que se dice como si estuviera escrito sobre el paño de una bandera flameando: de tal forma que un integrante podrá ver algunas letras mientras que los demás, según ese movimiento ondulante, leerán otras palabras muchas veces muy distintas comparándolas entre sí. Lo que cada uno expresa se termina de decir, no de modo idéntico, en las orejas del resto de los otros miembros del grupo y conforme a sus propias historias singulares.

No solamente la aludida disyunción sucede del modo antes indicado, sino también dentro del discurso particular y personal de cada uno de los miembros que integran el grupo. Cuando hablamos, ¿quién dice? El acto de la enunciación se produce también desde una posición inconsciente, por lo que el yo que enuncia no es el mismo que el yo del enunciado. Precisamente, el enunciado se genera en el lugar de la “verdad”. Esta división acaba con la ilusión de un individuo idéntico a sí mismo en todas sus expresiones. La enunciación es el decir, que nunca queda en el dicho, mostrándonos la experiencia de lo grupal estas divisiones con bastante frecuencia. La palabra en sí misma se mantiene oculta las más de las veces porque su propia apariencia es el ocultamiento.

El proceso grupal es también un lugar en el que la realidad humana puede ser auténticamente recreada, puesto que es en este tipo particular de dispositivo que una persona puede ser escuchada de modo tal que le permita restablecer el hilo de su historia, volviendo así más legible el texto de ésta. Junto a la palabra circula el deseo. Nuestros deseos buscan primero pasar al lenguaje más que a la realidad. El deseo pasa por el lenguaje, se teje en las palabras y se viste con significantes, los que fluyen entre los miembros de un grupo. Es el grupo mismo el que ayuda al sujeto a reconocer sus deseos a fin de que pueda obtener consecuencias en su existencia. Y cuando podemos satisfacer un poco de esos deseos, indudablemente la vida resulta más agradable y más apacible.

En los grupos tampoco faltan las denominadas conjugaciones egológicas, así llamadas porque siguen la lógica del ego. Son aquellas descripciones de un hecho similar que solemos conjugar con elogiosa benevolencia cuando se refieren a uno mismo, con desconfiada distancia cuando son atribuidas a nuestro interlocutor y con agraviante rechazo cuando apuntan a una tercera persona.Representan valoraciones gradualmente distintas acerca de una misma cosa, que atraviesan constantemente los discursos de nuestra vida cotidiana. Algo así como decir: “yo soy muy prudente”, “vos nunca te arriesgas” y “él es decididamente un cobarde”. O también: “yo mantengo firmes mis convicciones”, “vos sos muy obstinado” y “él es más terco que una mula”.

Para concluir, digamos que las palabras que circulan en todo grupo resultan insuficientes para expresar lo que pensamos y lo que sentimos. Muchas veces creemos tener la última” palabra; otras sentimos que tenemos que comernos las palabras y, otras más, empleamos palabras fuertes o duras. Cuando nuestras emociones son intensas y profundas, o van envueltas en cierta bruma interior, solemos quedarnos sin palabras. Siempre es bueno entender que nuestras palabras nos son habladas en minúscula, como así también las pronunciamos desde nuestra pequeña estatura humana. Alguna vez leí que las palabras que decimos son menos de lo que pensamos; lo que pensamos es menos de lo que sabemos; lo que sabemos es menos de lo que amamos; y lo que amamos es menos de lo que existe.