Resonancias y Ecos en el Palacio San Miguel

(Publicado en El Semejante - Año 6 Nro. 39 de agosto de 2007 y en La Silla del Coordinador con fecha 20/8/2013)

RESONANCIAS Y ECOS EN EL PALACIO SAN MIGUEL

Han finalizado las Jornadas Latinoamericanas de Psicología Social, de las que dimos cuenta en las últimas dos ediciones de El Semejante. En los salones del Palacio San Miguel todavía siguen flotando ecos y resonancias de las múltiples expresiones vertidas en ocasión de dicho evento. Enrique Pichon-Rivière fue cálidamente recordado por quienes participamos del homenaje a cien (100) años de su natalicio. Quisiera intentar armar un collage -ya que el maestro era afecto a tal modo de expresión artística- usando palabras de otros, palabras tanto emanadas de los discípulos que lo conocieron personalmente, como de aquellos que simplemente son seguidores de su obra y de su pensamiento. ¿Cómo era el fundador de la Psicología Social Argentina? ¿Qué/quién dicen que era?

Dicen que era un bohemio, un hombre de la noche… con mucha calle y mucha vida. Nada de lo humano le fue extraño. Un noctámbulo transgresor argentino-criollo, un arrabalero que no olvidó su condición de ginebrino de lengua francesa. Le gustaba observar los personajes de la noche. Creía que durante el día las personas tenían sus vidas harto planificadas, mientras que en la noche la soledad y el ocio se convertían en una desesperada búsqueda de acompañamiento, de contacto, de comunicación. Quizá por eso mismo fue un solitario armador de compañía… un faro inventando el mar. Un creador de posibilidades para que la palabra circule. Era él un lugar de encuentro con los otros, como así también una constante invitación a la creación en todos los ámbitos de la vida.

Otros lo recuerdan como un baqueano en el mundo, un avezado experto en sortear las corrientes adversas a la marcha del navío. Con Heráclito había aprendido -y aprehendido- perfectamente la dialéctica que proviene del arte del timonel. Su pensamiento vivo sigue siendo emancipatorio, pues colectiviza, concientiza, conecta, apunta a la liberación de las condiciones concretas y cotidianas de la existencia humana. Le importaba destacar más la raíz que el origen de las cosas. Y sabía que toda teoría se prueba en la práctica. Su tiempo fue de luchas y proyectos, tiempo de realizaciones y de producción de ciudadanía. Los aportes del maestro señalaron la importancia de realizar una crítica de la vida cotidiana, esquivando las tentaciones de la repetición y los dogmas, de la estereotipia y la clausura.

¿Sería Pichon-Rivière incluso un visionario, un caraibé de esta época moderna? Tenues voces murmuran que parecía un médico del alma, una especie de shadú todopoderoso. Afable cuando se lo abordaba, su respuesta estaba siempre bien dispuesta. Pues lo cierto es que poseía una extraordinaria capacidad de lectura de lo latente a partir de mínimos indicios, además de un insólito talento para metaforizar. Conjugaba, jugaba con, extraía el jugo para crear, para inventar (in-venire), para producir herramientas específicas de la práctica psicosocial. Supo desde un inicio que nada se construye en soledad. Tuvo la humildad de los grandes y la generosidad de aquellos que tienen mucho para dar. Quienes lo frecuentaron saben que su variada -y desordenada- biblioteca no era ni avara ni rencorosa.

Se comenta que era un profesional barrero, que seducía pero no halagaba. No solamente jugaba cuando la cancha estaba en condiciones, sino que su especialidad era adentrarse en todos los potreros de la vida, en cualquier estado en que se encontrasen. Nunca rehuía la escena del juego y siempre asombraba su prepotencia de trabajo. Ya en su Goya adolescente descubrió casi al mismo tiempo la sexualidad -del prostíbulo y del psicoanálisis- y las ideas socialistas. Su talento como hombre de ciencias se mezcló con su temprana sensibilidad de poeta. Conviviendo en pensiones con la bohemia y la política, recorrió el espinel del alma humana primero como psiquiatra, luego como psicoanalista y finalmente como psicólogo social. Su legado: un espíritu, una práctica y una ética.

También fue un cultor de la dramaturgia: solía montar escenas con claro beneficio para quienes fueron testigos de sus puestas clínicas y también de sus magistrales clases, siempre teñidas de abundante lenguaje popular lunfardo. Sostenía que el discurso académico era interesante pero deformaba, no formaba. Pichon-Rivière enseñaba tanto en las aulas como en los boliches, en las cervecerías, comiendo una pizza y bebiendo un vino. El maestro llamaba a eso el club del estaño. Como buen iconoclasta, rechazaba la autoridad acrítica de normas y modelos. La tensión atravesó toda su existencia. Sus enseñanzas, reiteradas, multiplicadas, profundizadas, continúan hablando hoy en sus discípulos y en los discípulos de sus discípulos.

Sostienen muchos que parecía un maestro Zen, pues nunca contestaba de modo directo las preguntas que se le formulaban, sino que lo hacía en forma de clave. Obligaba a su interlocutor a conquistar la información. Su permanente búsqueda: saber acerca del hombre y su tristeza. Con sus enseñanzas, él nos ha enriquecido… enriqueciéndonos… enrique-siendo-nos. Es decir, siendo-ENRIQUE junto a todos nosotros. Su norte siempre fue planificar la esperanza, preparando operadores psicosociales como agentes del cambio. Iba en pos de procesos creativos potenciados por/en los grupos, de manera direccional y significativa, operativa e instrumental. Su ya famoso enseñaje era parido siempre en co-presencia, operando el profesional de la Psicología Social como un co-pensor.

Finalizadas las Jornadas, digamos que seguir a Pichon-Rivière implica, hoy como ayer, romper los modelos estereotipados, dar plasticidad a los nuevos marcos conceptuales, avanzar en la práctica de una epistemología convergente, terminar con la ingenuidad de la mirada…Todo un desafío en pos de construir una disciplina científica sin perder la sensibilidad del artesano. La concreción de este merecido homenaje en el Palacio San Miguel, con la participación de muchos colegas latinoamericanos, fue facilitadora para la construcción de espacios de discusión y reflexión donde, desde la multiplicación de ópticas, logramos sostener ejes comunes que esperamos permitan a futuro un más sólido desarrollo de la Psicología Social, nada menos que a cincuenta (50) años de su vigencia en nuestro país.