A 100 Años del Natalicio de Pichon-Rivière

(Publicado en El Semejante – Año 6 Nro. 38 del mes de junio de 2007 y en La Silla del Coordinador con fecha 20/8/2013)

A 100 AÑOS DEL NATALICIO DE PICHON-RIVIERE

Para quienes poco o nada conocen de la vida del doctor Enrique Pichon-Rivière, digamos que nació el 25 de junio de 1907 en Ginebra (Suiza). Tres años después llegó -junto con su familia- a nuestro país, radicándose primero en el Chaco y luego en la provincia de Corrientes. Hasta la culminación de sus estudios de bachiller vivió en la ciudad de Goya. Desde muy chico fue testigo y protagonista de una cultura europea insertada en un estilo de vida primitivo, incorporando tempranamente a su existencia dos modelos culturales casi opuestos. Aprendió el guaraní antes que el castellano, al punto que su sobrenombre de entrecasa -el pombero- aludía precisamente a un personaje de la leyenda indígena.

La poesía fue para él un símbolo de vida e incluso se sintió atraído por la plástica, además de realizar por aquellos años juveniles una extensa serie de collages. Sus motivos estaban referidos a dos temas que siempre lo acompañaron: el tango y la tristeza. En 1926 se trasladó a Buenos Aires para estudiar medicina, alojándose en una pensión de la calle Viamonte. Allí trabó amistad nada menos que con Roberto Arlt, con Conrado Nalé Roxlo y con los caudillos entrerrianos Manuel y Julio Irazusta, quienes lo marcaron a fuego en la tradición literaria universal y con los personajes marginales de la gran urbe. Ingresó al diario “Crítica”, donde escribió diversas notas sobre deportes, arte y humor bajo el seudónimo de Pedichon.

Quiso entender el misterio de la tristeza, iniciándose en la práctica psiquiátrica antes de recibirse de médico. Trabajó con internados oligofrénicos en el Asilo de Torres, cerca de la ciudad bonaerense de Luján. Allí pudo confirmar que tras toda conducta desviada subyace una situación de conflicto, siendo precisamente la enfermedad la expresión de un fallido intento de adaptación al medio. En 1936 obtuvo su título en medicina, accediendo por concurso a un puesto en el Hospicio de las Mercedes (actual Hospital Neuropsiquiátrico Dr. José T. Borda). Aquí se enfrentó con el problema del enfermo abandonado, por lo que rápidamente formó grupos de enfermeros tras realizar el primer diagnóstico psicosocial en el país.

Entre otras de sus múltiples inquietudes, se asoció con el escritor Aldo Pellegrini para crear la revista surrealista “Ciclos”. Por aquellos años será uno de los fundadores de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), articulando el psicoanálisis con la psiquiatría para fundar una nueva orientación: la psiquiatría dinámica. Su análisis personal fue con Angel Garma, psicoanalista formado por Theodor Reik, a la vez renombrado discípulo de Sigmund Freud. A partir del tratamiento de psicóticos formuló su teoría del vínculo, circunstancia que luego lo conduciría necesariamente hacia la Psicología Social. Esto hizo que pudiera visualizar al sujeto humano en una permanente interrelación dialéctica con el mundo.

Al comenzar la década del cincuenta Pichon-Rivière ya era uno de los más prestigiosos referentes del psicoanálisis en Latinoamérica. En 1951 viajó a Europa junto a su esposa, tomando contacto con figuras de la talla de Melanie Klein, Daniel Lagache y Jacques Lacan. En París ofreció una histórica conferencia sobre el Conde de Lautréamont en presencia de los poetas surrealistas André Breton, Tristan Tzara y Benjamín Péret, entre otros. Además, se relacionó con Jean Delay y Henri Ey, considerándolo este último nada menos que mi gran hermano del Sur. No sólo era presidente de la referida APA, sino también de la Sociedad de Psicología Médica, Psicoanálisis y Medicina Psicosomática (filial de la Asociación Médica Argentina).

De regreso a la Argentina, se abocó a la sistematización de experiencias grupales y de laboratorio social, incorporando al psicoanálisis el campo social. Fundó el Instituto Argentino de Estudios Sociales (IADES), para crear tiempo después la Escuela de Psiquiatría Social. En 1958 llevó a cabo la llamada Experiencia Rosario, un hecho casi mítico en la historia de nuestra Psicología Social. Fueron tres jornadas donde utilizó métodos de indagación operativa y aplicó técnicas grupales con unos ciento setenta participantes, para pensar y discutir Rosario. Los temas emergentes quedaron, para su ulterior re-trabajo, en una secretaría que funcionó en el Instituto de Estadística de la Facultad de Ciencias Económicas.

Años después, realizaría otra particular experiencia en el popular club nocturno “Mau Mau”: organizó una suerte de sociograma cibernético denominado el baile de la computadora. Decidió trabajar con doscientas parejas participantes, quienes primero contestaron un cuestionario por él previamente confeccionado. Como resultado final, la computadora seleccionó un número de parejas de acuerdo a criterios de afinidad, las que en modo ninguno coincidieron con las previamente inscriptas. Desde ya, estas actividades sociales mostraban la faceta lúdica del maestro, relacionándose con la vanguardia artística de la época y como transgresión ante el sistema político que por entonces se presentaba rígido e intolerable.

Con esta apretada síntesis quisimos recordar, una vez más, al fundador de la Psicología Social Argentina a cien (100) años de su natalicio. Este mes de junio (los días 23, 24 y 25) estaremos homenajeándolo en el Palacio San Miguel, en la plaza que hoy lleva su nombre y en el teatro SHA. Esperamos que una verdadera multitud colme todos los espacios donde se realizarán estos eventos, de un modo similar a los emotivos festejos -hace ya tres décadas- por “Los primeros 70 años del Maestro”. Nos gustaría cerrar estas breves líneas diciendo que, indudablemente, ENRIQUE PICHON-RIVIERE poseía las tres características propias de los grandes hombres: PASION, CONTINUIDAD y GRAN CREATIVIDAD.