Tragedia de Cromañón: Intervención en Crisis (Parte II)

(Publicado en Psicología Social para Todos: tierra y escritura del hacer, sentir y pensar - Año 7 Nro. 71 de marzo de 2015 y en A.P.S.R.A. - Contenidos Teóricos con fecha 2/5/2015)

TRAGEDIA DE CROMAÑON: INTERVENCION EN CRISIS (Parte II)

En la pasada edición se decía que algunos padres, que habían perdido a sus hijos en el incendio de República Cromañón, comenzaron a consultar en dónde podían reunirse con sus pares que se hallaban inmersos en un profundo dolor similar. Poco a poco esos grupos se fueron formando y fue la realidad misma —sin forzamiento ninguno— la que empezó a dar cuenta de esa necesidad de juntarse. En el caso que venimos tratando, la psicóloga social Stella Maris Distasi recuerda que en lo personal le resultó más fácil acercarse a los jóvenes afectados pues, como madre de hijos adolescentes, hallaba allí un límite operativo que le dificultaba abordar tamaño sufrimiento.

Así, a partir del mes de abril de 2005 se formó un grupo de contención y de ayuda con chicos sobrevivientes quienes, en su mayoría, habían perdido además a un ser querido en la tragedia (vgr. hermano, primo, novio, amigo). Dicho colectivo funcionó hasta fines de año en el espacio cedido por el Instituto Superior de Enseñanza Intercambio, sito en el barrio capitalino de Villa Urquiza. Las palabras fueron fluyendo semana tras semana, encuentro tras encuentro. Los jóvenes pudieron comunicarse no sólo entre sí sino también consigo mismos, para ir estructurando de tal modo un discurso que les permitió recuperar poco a poco el equilibrio psíquico y emocional dañado.

Durante los primeros tres meses, la intervención en crisis transcurrió en el Santuario levantado en el sitio del siniestro. Así como Enrique Pichon-Rivière era partidario de un psicoanálisis por fuera de los consultorios, en la situación puntual y concreta que aquí tratamos la Psicología Social operó en un principio directamente en la calle. Esto hizo la diferencia con otros gremios de profesionales que se acercaron a prestar su apoyo, no siendo bien recibidos por los adolescentes afectados. Recordemos que desde la misma noche de la catástrofe no volvieron más a sus hogares, ni a sus trabajos ni a los centros donde estudiaban. Simplemente se quedaron a vivir en el lugar.

Alejandro Simonetti fue un constante sostén y soporte ante la gravedad del trance que en esas circunstancias se estaba padeciendo. Propone él cuatro pasos para alcanzar la meta: a) escuchar y comprender a los damnificados; b) dejarlos descargarse, ya sea llorando y/o gritando; c) ayudarlos a hablar de lo acontecido; y d) cooperar para que puedan comenzar a pensar qué hacer. La idea fue ofrecer una atmósfera en la que el temor, la bronca, la pena y la culpa puedan expresarse libremente para bajar el monto de ansiedad. Que cada uno de los pibes profundamente heridos en sus mundos internos consiga salir del estado de shock, posibilitando un mínimo proyecto.

La reunión que se creó a través del Centro de Asistencia Psicosocial Intercambio fue coordinada en conjunto por Stella M. Distasi y Rosana Fernández, a partir de abril y hasta la finalización del año 2005. Fueron nueve meses de una ardua y compleja tarea, utilizándose la técnica de los grupos operativos que nos identifica a los psicólogos  sociales. De a poco los pibes regresaron a sus respectivas casas con sus familias,  fueron reinsertándose en lo laboral y en sus estudios, recuperando los proyectos y buscando alternativas de vida. Nos referimos a un mínimo plan existencial de futuro, siempre en el aciago marco que la penosa y difícil realidad les impuso.

Cuando de trabajo comunitario hablamos, el grupo tiende a promover la reinserción de los excluidos sociales. Y tal era la situación de los chicos de Cromañón, ya que —en una primera época— recibieron el destrato de la policía, de los servicios asistenciales, de las autoridades encargadas de los derechos humanos en la ciudad y de quienes no los querían ver acampando en la calle. La tarea colectiva sirvió para que ellos pudieran organizarse, con nuestra metodología psicosocial que fomenta el saber existente en los propios integrantes, siempre en función de un objetivo común, pese a la diversidad de sus respectivas historias y sin descuidar la singularidad de cada quien.

Estos adolescentes en crisis —que llegaron a autodenominarse Los pibes de las carpas de la vigilia del Santuario— necesitaban de un otro que los ampare; y esa fue una de las funciones que cumplieron las coordinadoras del grupo. Para eso fue imprescindible disociarse: mientras un costado de ellas sostenía el dolor para que los chicos pudieran  desahogarse, verbalizar y hacer su catarsis; había otra parte que se mantenía alerta, discriminada, viendo qué es lo que ocurre para luego poder intervenir. Muchas veces fue pertinente realizar un holding (tal como hace una madre con su bebé) pues la mirada, el abrazo, la contención y la ternura devuelven la función estructurante.

Como venimos escribiendo desde hace más de tres lustros, apostamos a favor de la  enorme tarea que realizan los operadores psicosociales como agentes de cambio. El trabajo de equipo que se desplegó en aquel tiempo fatal fue por demás impresionante. Stella M. Distasi nos facilitó una carta escrita por ella un mes después del siniestro. Allí dice que la presencia de tantas ausencias se le hace insoportable. ¿Dónde se ubica tanta muerte injusta? No se recicla. No pertenece al ciclo natural de la existencia. Y en homenaje a las víctimas, se pregunta: “nosotros, los que estamos vivos ¿qué estamos haciendo?” Es muy simple la respuesta: ¡UNA ACCION SOLIDARIA DESCOMUNAL!