Intervención Psicosocial en Grupos con Desocupados (Parte II)

(Publicado en Psicología Social para Todos: tierra y escritura del hacer, sentir y pensar - Año 7 Nro. 68 de diciembre de 2014 y en A.P.S.R.A. - Experiencias Psicosociales con fecha 30/1/2017)

INTERVENCION PSICOSOCIAL EN GRUPOS CON DESOCUPADOS (Parte II)

En la nota del pasado mes de noviembre hicimos referencia al libro de las psicólogas sociales Eugenia Manzanelli y Elena Rubins: La desocupación: el sufrimiento humano y social (talleres de reflexión y aprendizaje con desocupados — 1996 a 2010). Allí ambas autoras se preguntan si la Psicología Social Argentina puede hacer algo con respecto a la temática del trabajo y del desempleo. Por supuesto, la respuesta es afirmativa toda vez que nuestra disciplina puede contribuir a mejorar —con un cambio de actitud y de aptitud— las condiciones de los sin trabajo en su búsqueda de empleo.

Los quince años de compartir con desempleados constituyen una muy rica experiencia grupal, que afortunadamente está plasmada en el libro citado. En los talleres se ponían en juego las nociones del sujeto social, la relevancia del contexto, el vínculo grupal, la interacción y la asignación de roles, la tarea y la pre-tarea, la adaptación activa a la realidad y la resistencia al cambio (con sus miedos básicos universales a la pérdida y al ataque), las fantasías conscientes y los fantasmas inconscientes, la comunicación y el aprendizaje, los grados de pertenencia y pertinencia, la cooperación, etc.

En nuestro lenguaje común, el significado de taller (del francés atelier) hace referencia al lugar donde se repara y/o se produce colectivamente. Las definiciones que brinda el diccionario de la Real Academia Española son: lugar en que se trabaja una obra de manos; escuela o seminario de ciencias o de artes; conjunto de colaboradores de un maestro. Un poco de todo esto fue desplegándose en los encuentros grupales, rotando los liderazgos a la vez que se enfatizaba la relación entre los saberes de referencia y los saberes prácticos de todos y cada uno de los desocupados-miembros.

La Psicología Social entiende el aprendizaje y la reflexión grupal como un acercarse a aprehender la realidad, para transformarla y transformarnos. Cada reunión ayudaba a tomar y a asumir nuevas decisiones, siendo la mutua representación interna entre los miembros una base esencial en cada encuentro colectivo. Así, si bien la tarea principal consistía en la búsqueda de empleo, decimos que la participación en un grupo —nada menos que en nuestro grupo— logra ir aliviando la angustia y la presión (ya sea social como personal y familiar) generada por la situación concreta de la desocupación.

La transferencia positiva o negativa del grupo con el coordinador —y de los integrantes entre sí— compone lo que conocemos como clima grupal. De ahí la importancia de estar sentados en círculo o ronda, con el fin de facilitar la mirada y la escucha de cada uno de los asistentes. Un primer vínculo, un principio de sentirse pares, hacía que fuera surgiendo la pertenencia y la pertinencia en la tarea común. Iba emergiendo el interjuego entre la verticalidad de cada persona y la horizontalidad del grupo; logrando avanzar en la desestructuración de sus roles inscriptos estereotipados.

Los equipos de coordinación fueron mejorando con el transcurrir de los talleres. Se escuchaba lo dicho y en particular lo no dicho, eso que subyace detrás de las palabras expresadas. Siempre es relevante el lenguaje corporal e incluso los silencios, pues bien sabemos que en el silencio habla también la palabra negada. La mira estaba puesta en lo manifiesto y en lo latente, en lo explícito y en lo implícito, en lo consciente y en lo inconsciente. Se aprovechaba el surgimiento de los liderazgos para apoyarse en sus reflexiones, especialmente cuando surgían dilemas y contradicciones grupales.

Al finalizar cada encuentro la coordinación trabajaba los emergentes; es decir, eso concreto que sucedía en las reuniones para visibilizar los observables, para conversar sobre las intervenciones y los señalamientos efectuados. Y también para corregir lo que fuese necesario y así proyectar la siguiente convocatoria. Llamaron a esta instancia del proceso grupal como la cocina y fue una herramienta muy útil a los fines de revivir el grupo nuevamente. Como dicen las autoras del libro: todo esto se llevaba a cabo en un clima de enseñaje colectivo. Enseñando y aprendiendo al mismo tiempo.

De las crónicas tomadas en las primeras citas pueden señalarse algunos comentarios de sus miembros, que resultan muy ilustrativos del sentir que sufrían con motivo de hallarse sin empleo: tengo mucha angustia, trato de sostener mi interioridad; en las reuniones familiares siento ganas de irme, me da mucha vergüenza; toqué fondo y no sé cómo enfocarme, estoy cansado; quedé preso de agorafobia; un desocupado no es alguien que perdió su trabajo, sino alguien que perdió su proyecto de vida; somos una reserva de mano de obra barata; las empresas juegan con nuestra angustia; etc.

Muy diferente era lo que se pensaba, lo que se sentía y lo que se hacía al concluir cada taller de reflexión y aprendizaje. Algunos consiguieron un trabajo y otros se animaron a iniciar un emprendimiento individual, familiar o comunitario. Hubo también quienes descubrieron aptitudes que ellos mismos desconocían y, por supuesto, no faltaron las deserciones. Pero lo destacable es que, con la técnica de nuestros grupos psicosociales, las actitudes personales de los asistentes se fueron dinamizando. Sostenemos, pues, que lo grupal es un nosotros práctico; un nosotros de acción, tarea y operatividad.