Psicología Social: el Deseo en los Grupos

(Publicado en Campo Grupal – Año XII Nro. 116 de octubre de 2009; en La Silla del Coordinador con fecha 25/1/2013; en 1968 Grupalista: Biblioteca de Psicología Social Pichoniana con fecha 29/11/2014 y en A.P.S.R.A. - Contenidos Teóricos con fecha 29/9/2015)

PSICOLOGIA SOCIAL: EL DESEO EN LOS GRUPOS

En una anterior oportunidad (ver la edición de Campo Grupal del mes de junio de 2008), hicimos referencia a cómo circula la palabra en el proceso grupal, ese tipo particular de dispositivo en el que un individuo puede ser escuchado de forma tal que le permita restablecer el hilo de su propia historia. En los grupos la realidad humana puede ser auténticamente recreada y, de hecho, así sucede en todo lo concerniente a nuestra disciplina: la Psicología Social. Quisiéramos ahora indagar un poco sobre el deseo; averiguar algo acerca de su despliegue dentro de lo grupal. Decíamos en aquel entonces que junto a la palabra circula el deseo, el que evidentemente pasa por el discurso, se entreteje en las palabras y se viste con significantes. Los deseos buscan primero pasar al lenguaje más que a la realidad, siendo el grupo mismo el que ayuda a cada integrante a reconocer sus deseos con el fin de que pueda así obtener consecuencias concretas en su existencia. Y cuando podemos satisfacer un poco de esos deseos, indudablemente el diario acontecer -y la vida toda- se nos hace más agradable y más apacible.

El término deseo viene del latín desidium, y alude al movimiento afectivo hacia algo que se apetece. Desear es aspirar con vehemencia al conocimiento, posesión o disfrute de algo; es anhelar que acontezca o deje de acontecer algún suceso; y también es sentir atracción o apetencia sexual hacia alguien. Hasta aquí lo que enseña el Diccionario de la Lengua Española aunque, desde ya, hay otros modos de abordar esta misma temática. En la concepción dinámica freudiana, el deseo es uno de los polos del conflicto defensivo. Los deseos inconscientes tienden a realizarse restableciendo los signos ligados a las primeras experiencias de satisfacción; como así también podemos ver que el deseo se encuentra en los síntomas en forma de una transacción. Es en la teoría de los sueños donde se consigue apreciar con claridad lo que Freud entiende por deseo, diferenciándolo de algunos otros términos afines tales como anhelo y necesidad. Tiempo después, Lacan también colocó al concepto del deseo en un primer plano de la teoría analítica, distinto de las ideas de necesidad y de demanda.

La necesidad se dirige a un objeto específico, con el cual se satisface. La demanda, por su parte, es formulada y se dirige a un otro. En cambio, el deseo nace precisamente de la separación entre necesidad y demanda. Según el Diccionario de Psicoanálisis de Laplanche y Pontalis, el deseo es entonces irreductible a la necesidad, puesto que en su origen no está relacionado con un objeto real, independiente del sujeto, sino con una fantasía. Y es irreductible a la demanda, ya que procura imponerse sin tener en cuenta el lenguaje y el inconsciente del otro, exigiendo ser reconocido absolutamente por él. Todo deseo lo es de dificultad, de intranquilidad; y nos permite ver que no somos diestros timoneles de nuestras vidas, puesto que no es nada sencillo para la criatura humana saber lo que quiere. Cuando se señala que el deseo es el deseo del Otro significa que en el corazón del deseo hay algo radicalmente ajeno y externo al sujeto. Formarse como psicólogo social incluye el reconquistar permanentemente una posición en el deseo, inaugurando un nuevo modo de pensar, sentir y hacer el mundo.

El sujeto es siempre un grupo, no sólo en el sentido de su pertenencia al mismo sino también porque su personalidad “es” inevitablemente el grupo. Precisamente, el interjuego entre lo singular y lo social se produce en la construcción de nuestra disciplina, propuesta hace más de medio siglo por Pichon-Rivière para su Técnica de los Grupos Operativos. Junto a la horizontalidad de la tarea a cumplir y en su cruce con la verticalidad que le sucede a cada integrante grupal en su interioridad psíquica, los deseos circulan explícita e implícitamente de la mano de la mutua representación interna. Cada individuo está expuesto a los significantes que desplazan sobre él los demás miembros del grupo. En el transcurso de todo proceso grupal va surgiendo la posibilidad de aislar esa norma estricta a la que cada cual está sujeto, para así dejar que fluya en su reemplazo la ley del deseo. Ello produce una significativa transformación existencial que aproxima al integrante grupal a la acción creadora, con una fuerte marca que de modo constante nos repite que el deseo es algo en lo que cada uno está concernido.

Creemos que quien haya participado activamente de un Grupo Operativo ya no volverá a ser el mismo, pues habrá adquirido una nueva posición subjetiva, una subjetividad distinta y remozada ante sí y ante su circunstancia toda. También en lo grupal los deseos se lanzan con un ímpetu que no conoce límites, evidenciándose la íntima correlación que existe entre el deseo y la verdad; esa verdad que al sujeto tanto le cuesta reconocer. Nos referimos específicamente al curioso encanto que consiste en conocer grupalmente la intolerable verdad del deseo, que insiste en no dejar de fascinar y de atemorizar a los seres humanos. De allí la trascendencia de la función de todo coordinador grupal, quien tiene que procurar sostener la causa del deseo entre los componentes del mismo. Algo así como que cada individuo pueda extraer con toda su intensidad, de la forma más creativa y más plástica, esa pasión que lo conmueve y que lo excita. Desear es claramente una apuesta; incluso es poner en funcionamiento el deseo interrogante que ha de ser hendido por cada miembro del grupo para hacerlo propio.

Tal como el grupo es instituyente del sujeto, también el sujeto es instituyente del grupo. Síntesis que tiene por agente a cada componente; síntesis que es a la vez proceso y producto. Cuando ocurren cosas en el seno de lo grupal, incluso aquellas que se desean y que no se comprenden, sus miembros suelen sentir miedo: afloran dos ansiedades básicas que son el miedo a la pérdida de las estructuras existentes y el miedo al ataque de la nueva situación por venir. Por suerte, este devenir posibilita que el proyecto colectivo y plural se imponga ante la resistencia al cambio. Aquí también los deseos suelen desbordarnos, ya que son siempre muy superiores a nuestras posibilidades. Toda vez que no hay deseo biológico, es muy importante la experiencia de lo grupal en tanto hace a la existencia de cada integrante orientado en un deseo que depende de la articulación del inconsciente en un discurso. Deseos que convocan y sostienen tanto a cada uno de los miembros como al grupo todo. Desde ya, partimos del supuesto de que la subjetividad se constituye en pos de arribar a una chance deseante.

En la dinámica de los grupos se valora el aporte de cada uno de sus miembros, pues lo grupal es un nosotros práctico, un nosotros de acción, tarea y operatividad. Y también es un encuadre donde se habilita un nuevo posicionamiento para el deseo que, según Spinoza, no es ni más ni menos que la esencia misma de lo humano. En dicho espacio se respetan los tiempos de espera necesarios para que una política del deseo pueda ser elaborada. Deseos descarnados y desnudos, para hacer de la libertad de cada individuo una excitante búsqueda de su destino. En los términos aquí descriptos, el proceso grupal es además una aventura del deseo, aunque la única promesa cierta que ofrece lo psicosocial no es un resultado fijo e inamovible, sino la aventura misma. Cuando aparece la palabra plena, esa que rescata al deseo inconsciente, la estereotipia cede inexorablemente terreno para que las ganas se lancen con toda la fuerza posible. En lo grupal, los deseos van a la búsqueda de su objeto zigzagueando en las aguas preconscientes, para poder luego emerger a la luz de conciencia.

Para concluir, quisiéramos relacionar al sujeto deseante con la capacidad de amar y de trabajar, de generar un acto grupal incluso desde la marca de la singularidad personal de cada uno de los componentes. En la terminología lacaniana se trataría de la posibilidad de gozar y de producir; es decir, poblarse de nuevas significaciones que habiliten a recuperar el erotismo y el lazo social. En los grupos de psicología social ponderamos la necesidad de contar con un prójimo no competitivo con el que se comparte la valoración del obrar de cada quien. Parafraseando a Heidegger, pensamos que todo grupo “grupea”, verbo que no hace otra cosa que dotar de movimiento y vitalidad al sustantivo. Grupear dice de un surgimiento continuo y permanente. Desear es tener ganas y, por eso, nos aproxima grandemente a una acción creativa y creadora. En esa esencia enigmática que es el ser humano también sucede lo psicosocial, donde la pregunta sigue siendo por el deseo. Cada encuentro grupal es una puntual puesta a prueba del deseo: se erige en una nueva oportunidad para la oportunidad de algo nuevo.