El Psicólogo Social Mediador (Parte II)

(Publicado en Psicología Social para Todos: tierra y escritura del hacer, sentir y pensar — Año 6 Nro. 59 de marzo de 2014; en La Silla del Coordinador con fecha 23/5/2014; en 1968 Grupalista: Biblioteca de Psicología Social Pichoniana con fecha 25/10/2014 y en la página web de la Asociación de Psicólogos Sociales de la República Argentina con fecha 11/3/2015)

EL PSICOLOGO SOCIAL MEDIADOR (Parte II)

En el artículo del mes pasado hicimos referencia al principio de neutralidad, que debe guiar el accionar del psicólogo social mediador cuando opera en la resolución de conflictos y en las diversas instancias que se le presentan. A nivel comunitario, ello suele suceder en los diferendos entre vecinos, entre compañeros de trabajo, entre profesionales, entre deportistas; en las familias, en las escuelas, en los clubes; en las  instituciones y organizaciones en general. Nos avocaremos ahora al principio de imparcialidad, que también ha de reinar en todo desacuerdo o desavenencia que se produzca en el curso del proceso grupal.

Es sabido que en toda comunicación humana siempre existen ruidos —sean externos y/o internos— por lo que, con la ayuda del mediador psicosocial, los eventuales rivales logran escucharse con atención y muchas veces por primera vez. De tal modo, pueden ir mejorando sus mensajes defectuosos y limpiando aquellos obstáculos —tanto epistemológicos como epistemofílicos— que interfieren en sus vínculos. Los reales protagonistas son los miembros del grupo en disputa y la idea central es ir evitando nuevas rencillas, o hacerlas más llevaderas cuando se vayan gestando. Ser imparcial en modo alguno significa no estar implicado.

Mediar entre los integrantes de cualquier grupo exige ser un operador dinámico, y no un mero oyente amable y pasivo. A través de una gama de tácticas y estrategias, contando con técnicas y logísticas puntuales para cada situación concreta, el psicólogo social se convierte en un modelador de las ideas y sentires que van encaminándose hacia una necesaria percepción de lo real, para conseguir las resoluciones más convenientes. Tal actitud y aptitud psicosocial se propone un destino más amplio: poder constituirnos en verdaderos agentes del cambio social planificado, apostando siempre a una adaptación activa a la realidad.

Surge, pues, la aludida noción de imparcialidad. Ser ecuánimes y equitativos no es  sencillo, debido a lo que conocemos como telépositiva y negativa— que hace su aparición en todos los vínculos. Pero sí podemos intentar alcanzar una objetividad creciente, brindando una igualdad de oportunidades a las partes en litigio, tanto para hablar y expresarse como para ser escuchado. El norte es arribar a acuerdos que tengan el alcance de convenios privados y que respeten la autodeterminación de los participantes. Máxime si se trata de personas o circunstancias que deban continuar manteniendo una vinculación en el futuro.

La referida idea de imparcialidad no propicia que todos los participantes del grupo sean tratados de la misma forma, siempre y bajo todas las circunstancias. Muchas veces resulta coherente y aceptable que algunos sean considerados de modo diferente, si ello se justifica por razones objetivas y específicas. Tal obrar del mediador psicosocial puede ayudar a identificar mejor los puntos en disputa, a evaluar las posibles bases de un pacto y las respectivas vías de solución. Siempre primará el resultado final proyectado —en términos de cooperación— para arribar a un desenlace consensuado y con un enfoque de perdurabilidad.

Concluimos pensando que el dilema básico en cualquier mediación son los intereses en juego y, casi siempre, éstos se presentan ocultos, encubiertos, velados, disimulados, camuflados o escondidos detrás de las posiciones que exhiben los miembros del grupo  en disidencia. Al lado de la ecuanimidad, la equidad y el equilibrio que se precisan para conseguir una intervención operativa, se requiere además una afinada pericia para diferenciar lo explícito de lo implícito, lo manifiesto de lo latente. También aquí es necesario ser un piloto de tormentas para lograr ese criterio de justicia que conduce hacia una creciente imparcialidad psicosocial.