Palabra y Coordinación Grupal

(Publicado en Psicología Social para Todos: tierra y escritura del hacer, sentir y pensar — Año 5 Nro. 54 de septiembre de 2013; en La Silla del Coordinador con fecha 13/10/2013 y en 1968 Grupalista: Biblioteca de Psicología Social Pichoniana con fecha 31/10/2014)

PALABRA Y COORDINACION GRUPAL

En todo grupo circula la palabra, la que es escuchada y auscultada por quien tiene la función de coordinarlo. Ese lugar del coordinador constituye un espacio privilegiado para el análisis de las palabras, ya que ellas son verdaderas protagonistas en la escena grupal. Los operadores psicosociales trabajamos con las palabras habladas; habladas por los integrantes del grupo y también por el coordinador. Se dice y se escucha.

Podemos preguntarnos qué sucede con las emociones, los sentires y los afectos. O qué ocurre con los miembros concretos que componen cada grupo; qué les pasa en sus vidas reales y cotidianas; o cuáles son sus alegrías y sus penas tanto espirituales como corporales. Y respondemos que todos estos aspectos casi nada son sin las palabras, pues ellas abrazan y recubren tales manifestaciones de nuestra humana condición.

Si bien el coordinador grupal siempre escucha desde su propia verticalidad singular, simultáneamente lo hace con la disponibilidad interna de estar abierto a lo nuevo, a lo diferente, a lo desconocido. Intentando entender y conocer las contradicciones tanto de las personas como de los grupos humanos. Es en lo grupal donde sus integrantes hablan los unos con los otros, los unos a los otros y también consigo mismos.

Y alrededor de esos vocablos multifacéticos, pensamos que aquello que se dice puede llegar al individuo como palabra destinada. Pues hay palabras primordiales que fundan relaciones y funden vínculos. Pero también todo coordinador sabe que el sujeto de la enunciación no es el sujeto del enunciado. La enunciación es el decir que nunca queda en lo dicho. Así, mientras las voces grupales se oyen, los significantes se escuchan.

Un coordinador puede diferenciar entre las palabras plenas —o verdaderas— y las palabras vacías, según la cercanía o la distancia que un discurso guarde con respecto a la verdad del inconsciente. De la palabra verdadera surge un significado trascendente para el ser hablante. En la palabra vacía, el integrante del grupo parece decir en vano. A menudo las palabras vacías resultan más frustrantes que el silencio mismo.

De igual modo, en todo proceso grupal siempre emergen las palabras de nuestro yo insincero o de mala fe. Ello sucede cuando nos mentimos primero a nosotros mismos y luego, también a los demás. Nos buscamos excusas, creyendo que así haremos más llevadero nuestro existir. La mala fe es un autoengaño, basado en racionalizaciones por las cuales cada integrante grupal pretende falaz e ilusoriamente tranquilizarse.

El rol del coordinador requiere un sólido entrenamiento que le permita poseer una escucha activaen el sentido de habilidad social— que facilite su vínculo con los otros y el de los miembros del grupo entre sí. Sabiendo que siempre circularán palabras vacías y verdaderas, palabras primordiales y destinadas. Distinguiendo el decir de buena fe del que proviene de nuestro yo insincero. Y así sucede en todo grupo.