Martín-Baró y Pichon-Rivière

(Publicado en Psicología Social para Todos: tierra y escritura del hacer, sentir, pensar - Año 1 Nro. 12 de octubre de 2009; en Red Latina sin Fronteras con fecha 29/11/2009; en La Silla del Coordinador con fecha 6/8/2013 y en Centro de Estudios Sociales Argentino con fecha 29/4/2014)

MARTIN-BARO Y PICHON-RIVIERE

En la edición correspondiente al mes de junio de 2009 fue publicada en el Nro. 8 de la revista Psicología Social: tierra y escritura del hacer, sentir, pensar una nota acerca de Ignacio Martín-Baró, en la que Matías Asún y Andrés Leiva brindan una muy interesante síntesis dedicada a la emblemática figura de este referente fundamental latinoamericano de nuestra querida disciplina. Nos informan, además, que ese material del año 2002 fue utilizado en el Seminario sobre esta particular forma de ciencia social en la Escuela de Psicología de la Universidad Bolivariana. Me gustaría agregar al referido texto algunas palabras que fueron escritas hace poco tiempo y que, casualmente o causalmente, pueden hacer las veces de una especie de continuidad del relevante artículo de marras. Aquí van, entonces, mis puntuales consideraciones sobre el tema.

El que sigue es un breve recorrido que pretende articular algo de la vida y obra de estos dos íconos de nuestra disciplina: Ignacio Martín-Baró (1942-1989), conocido como el padre de la Psicología Social de la Liberación en El Salvador; y Enrique Pichon-Rivière (1907-1977), considerado como el fundador de la Psicología Social Argentina. El primero nació en Valladolid (España) y fue enviado como sacerdote jesuita a América Central, donde se dedicó a la investigación de la difícil realidad política y social del mencionado país latinoamericano. Enrique Pichon-Rivière nació en Ginebra (Suiza) y desembarcó en tierras guaraníes en los tiempos del centenario de nuestra patria. El gran peregrinaje desde Europa hacia el otro lado del mar caracterizó la existencia de ambos, identificando luego como propios sus respectivos países de adopción.

Martín-Baró, conocido comúnmente como “Nacho” por sus amigos más cercanos, concibió una psicología social y comunitaria esencialmente crítica; al igual que Pichon-Rivière entendía que lo psicosocial debía constituirse en una mirada crítica y no ingenua de la vida cotidiana. Toda praxis es práctica de la libertad, y los hombres se liberan en comunión. Planteó la problemática de la modernidad como drama subjetivo y no sólo como rasgo del contexto social. El padre Martín-Baró hablaba de aprender a analizar el comportamiento humano en los ámbitos específicos en los cuales se desarrollan y no en escenarios artificiales. Y consideró que los psicólogos sociales no pueden ignorar la influencia que tienen los contextos difíciles sobre la salud mental de la población, lo que es válido tanto para la realidad salvadoreña como para la nuestra.

Hay consenso en ambos pensadores al sostener que todos poseemos saberes valiosos y que, además, podemos transmitir esos conocimientos, compartiendo nuestra puntual lectura de la realidad. Creyeron en un diálogo constante con la gente, toda vez que los problemas de la Psicología Social exigen un proceso de encuentro con las personas y los grupos del mismo pueblo. ¿Cuáles son los temas desde los que se hace ciencia? Los dos bien sabían acerca de las cuestiones que preocupaban al habitante salvadoreño, al ciudadano argentino: en definitiva, al hombre latinoamericano. No hay saber verdadero que no vaya esencialmente con un hacer transformador, pero tampoco hay hacer transformador de la realidad que no involucre un cambio entre los seres humanos. Para ambos era fundamental el promover actitudes de cooperación.

Ignacio Martín-Baró fundó y dirigió el IUDOP (Instituto Universitario de Opinión Pública), desde donde comenzó una innovadora tarea de análisis de la opinión pública acerca de los procesos y problemas sociopolíticos que ocurrían en su país. Luchó por los derechos humanos, la igualdad y la justicia social en El Salvador. Por su parte, Pichon-Rivière creó el IADES (Instituto Argentino de Estudios Sociales), desde donde se ocupó de elaborar investigaciones sociales, estudios de opinión y diversas intervenciones comunitarias. Sostuvo que todo servicio de psiquiatría debía contar con un departamento de investigación social; algo así como llevar el consultorio a la calle, dada la profunda interconexión entre lo clínico y lo social. En su interior se formó la Primera Escuela Privada de Psiquiatría, que luego sería escuela de Psicología Social.

Los dos fueron verdaderos maestros de varias generaciones y la docencia ocupó gran parte de sus vidas. En sus contactos personales con otros colegas siempre estaban haciendo sugerencias útiles, brindando ayuda y enviando materiales de estudio. Curiosamente, ambos tenían sus despachos personales llenos de libros, apuntes y papeles, pero sabían perfectamente dónde encontrar cada texto que buscaban. Martín-Baró era muy ordenado en sus cosas y solía encuadernar todo lo que caía en sus manos; sus libros estaban anotados y subrayados con diversos colores. Decía que cuando él faltara su biblioteca sería donada a la universidad, por lo que en realidad estaba ahorrando trabajo y tiempo. Pese a que Pichon-Rivière era muy desordenado con sus muchísimos libros, aún hoy se dice que su copiosa biblioteca nunca fue ni avara ni rencorosa.

Vemos que otro sello que los hermana fue la reconocida habilidad de ambos para integrar diversas teorías y, esencialmente, revisar las creencias tradicionales establecidas. Martín-Baró tuvo una mente ágil para relacionar ideas y conceptos aparentemente contradictorios, cuestionando los modelos de la psicología tradicional. Así también, el fundador de nuestra Psicología Social siempre hizo referencia a una epistemología convergente. Consideraba a esta disciplina como una interciencia, que incluye saberes provenientes de otros campos tales como el psicoanálisis, la psicología, la sociología, la antropología, la filosofía, la epistemología, etc. Desde la perspectiva que les ofreció su origen europeo, los dos se insertaron en una realidad muy distinta y, desde esa fusión, instrumentaron un hacer, un sentir y un pensar típicamente latinoamericanos.

Si bien estos dos referentes de nuestra disciplina no llegaron a conocerse, soñaron e hicieron esencialmente lo mismo en tiempos y espacios diferentes. La obra de ambos converge, además, en situar como eje del proceso de conocimiento a la praxis, a los procesos de cambio, a la vez que adjudicaron a ese conocimiento una direccionalidad parecida. El gran desafío era el de construir un individuo nuevo en una sociedad nueva, luchando por la verdad, por la esperanza y por el derecho a una vida más digna. Para ellos lo humano es en esencia psicosocial y, por ende, ininteligible sin la referencia de la realidad donde cada sujeto encuentra el impacto reflejo de su ser y de su existir. Para los operadores psicosociales dejaron la valiosa tarea de ayudar a que la conciencia humana obtenga una mayor y mejor comprensión de su identidad personal y social.

El padre “Nacho” murió asesinado por un comando del ejército salvadoreño en su residencia de la Universidad Centroamericana, junto a otros religiosos jesuitas. Sus ideas y su acción habían encontrado una fuerte oposición en las fuerzas políticas conservadoras del istmo centroamericano. Pichon-Rivière también fue víctima de la represión en los años de plomo en el país y recibió amenazas de la tristemente conocida “Triple A” (Asociación Anticomunista Argentina). Si bien integraba las temibles listas negras de los años setenta, decidió no emigrar pese a las advertencias en contrario de sus amigos. Se le aconsejó que por precaución no permaneciera en su vivienda durante la noche, ya que los “secuestros” de aquel entonces solían ser nocturnos. En medio de estas presiones y con su salud debilitada, falleció poco tiempo después.

Para concluir, valgan entonces estos párrafos como un cálido y merecido homenaje para nuestros dos referentes principales de la Psicología Social Latinoamericana, que entendieron que el saber debe ponerse al servicio de una comunidad donde el bienestar de los menos no se asiente en el malestar de los más, donde la realización de unos pocos no requiera la negación de los demás y donde los intereses de esos pocos no conlleve a la deshumanización. Después de mucho recorrer el espinel del alma humana, arribaron a una idéntica conclusión: nada se puede construir en soledad. Fieles a las enseñanzas de otro grande de América, el brasileño Paulo Freire, ellos tuvieron siempre muy en claro la importancia que implica para cada persona el aprender a leer la realidad circundante y a escribir su propia historia singular e individual.